La Església de Sant Felip Neri es un templo barroco escondido en una pequeña plaza de aires románticos del barrio Gòtic. Su fachada austera, marcada por impactos de metralla de la Guerra Civil, habla en silencio de historia y memoria. Bajo un frontón semicircular presidido por el santo, se abre una nave con crucero y ábside rectangular. En las capillas laterales, los altares neoclásicos y las pinturas del modernista Joan Llimona dialogan con las cicatrices del pasado. Arte y tragedia se dan la mano en uno de los rincones más sobrecogedores de la ciudad.

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Las cicatrices en la piedra no son decorativas: son testimonio crudo de un bombardeo que rompió la paz y la piedra en 1938. En ese momento, una bomba impactó directamente sobre el subterráneo del convento, donde había muchos niños refugiados.
Hoy, la plaza abraza el templo con calma y sombra. Un refugio donde la belleza y la herida conviven sin rencor.