Con el fin de la Pax Romana, la muralla tuvo que reforzarse.
La ciudad de Barcino (la actual Barcelona) se fundó hacia el año 10 a. C. como una colonia romana. Desde el pequeño núcleo amurallado en torno al monte Táber, se administraba el territorio entre el Besòs y el Llobregat.
En tiempos de los íberos, el núcleo habitado más importante era Barkeno. La colonia romana Iulia Augusta Faventia Paterna Barcino fue fundada por el emperador Octavio Augusto hacia el año 10 a. C. Los romanos que se instalaron allí se dedicaron a la producción vinícola, al comercio marítimo y a la actividad artesanal.
Tenía una muralla octogonal con cuatro puertas, que, a finales del siglo III, con el fin de la Pax Romana, se reforzó con un segundo recinto equipado con 76 torres. De la época fundacional también se conocen otras obras públicas, como un acueducto, que abastecía de agua a la ciudad y su suburbio, y el templo de Augusto, que presidía el foro.
Como todas las ciudades romanas, Barcino se articulaba en dos vías principales que se cruzaban en medio, el decumanus maximus y el cardo maximus. El centro de poder de la ciudad, tanto en el ámbito administrativo como político, religioso y comercial, era el foro. Los últimos descubrimientos arqueológicos, que datan de 2026, han reorientado la idea que tenían los historiadores. Hasta ahora pensaban que era paralelo al mar, pero ahora se cree que estaba orientado de mar a montaña. Fuera del núcleo amurallado, el territorio de la colonia estaba ocupado por numerosas villas, que abastecían la ciudad y sostenían el comercio.
Las Drassanes Reials, un ejemplo destacado del gótico civil catalán.
En la Edad Media, Barcelona logró un cierto grado de autonomía política, y asistió a la eclosión de un arte arquitectónico románico y gótico del que todavía podemos disfrutar.
Con la unión dinástica del condado de Barcelona y el reino de Aragón, en el siglo XII surgió la Corona de Aragón. La centralidad política de Barcelona, unida a su posición en el comercio marítimo, la convirtió en uno de los centros económicos del Mediterráneo. En 1249, consiguió el primer régimen de autogobierno municipal: el Consell de Cent. Más tarde, fue también la sede de la Diputación del General, que con el tiempo se convertiría en la Generalitat de Catalunya.
La bonanza económica impulsó el crecimiento urbano y la proliferación de conventos, iglesias, casales nobiliarios, hospitales y edificios góticos. La judería quedó pequeña, y se creó un segundo barrio judío fuera de la muralla. El arte románico iba dejando paso al gótico, y así como en el siglo XIII se levantó la capilla de Santa Llúcia, el XIV vio la construcción de la iglesia gótica de Santa Maria del Mar, la Llotja de Mar, la capilla de Santa Àgata y el Saló del Tinell en el Palau Reial Major.
A finales del siglo XIV, se decidió rodear la ciudad con una nueva muralla. También empezaron a construirse las Drassanes Reials (reales atarazanas), un ejemplo destacado del gótico civil catalán que hoy alberga el Museo Marítimo de Barcelona. A finales del siglo XV, se alzó un rompeolas que dotaría a la ciudad de un puerto artificial que hoy conocemos como Port Vell.
Las fábricas de indianas acabarían dando paso a la Barcelona industrial del siglo XIX.
Aunque era entonces una ciudad derrotada y reprimida, la Barcelona del siglo XVIII protagoniza un notable crecimiento económico de la mano del textil y la manufactura.
Con el enlace, en 1469, de Fernando II de Aragón e Isabel I de Castilla, Barcelona dejó de ser la sede del poder real y perdió su centralidad política. Los Reyes Católicos trajeron la Inquisición y provocaron la huida de Barcelona de los judíos conversos. Con la Contrarreforma, se construyeron nuevos edificios religiosos, como la iglesia de Betlem.
A principios del siglo XVIII, la guerra de Sucesión enfrentó a los partidarios de Carlos de Austria con los de Felipe de Borbón. Barcelona fue vencida por las tropas borbónicas en 1714, los Decretos de Nueva Planta abolieron la Generalitat y el Consell de Cent, y el barrio de la Ribera fue arrasado para levantar la fortaleza de la Ciutadella, que tendría la doble función de defender la ciudad y de reprimirla.
Sin embargo, esto no impidió que se produjera una decisiva transformación económica, de la mano del nacimiento de las fábricas de indianas. Emergía la ciudad manufacturera, que se desarrolló todavía en el interior de las antiguas murallas. Así, en barrios como Sant Pere o el Raval, podíamos encontrar un tipo de estructura industrial llamada casa-fábrica. Estas fábricas de indianas acabarían dando paso a la Barcelona industrial del siglo XIX, y esta constituye una de las señas de identidad fundamentales de la ciudad.
El crecimiento de la ciudad se completa con la anexión de los municipios del llano de Barcelona.
El nacimiento de la Gran Barcelona se produce en época moderna: la ciudad ha crecido por encima de las posibilidades de su muralla y en Europa se impone el higienismo.
En la primera mitad del siglo XIX, la Barcelona liberal y las desamortizaciones empezaron a cambiar la fisonomía de Barcelona. En la segunda mitad del siglo, en el contexto del fin de la Primera República y la consiguiente restauración borbónica, el derribo de las murallas acabó con la idea de una ciudad cerrada y abrió sus puertas al crecimiento de la ciudad y a su modernización. La industria se había mecanizado y Barcelona tenía nuevas necesidades.
El ingeniero Ildefons Cerdà presentó entonces el llamado Plan Cerdà (1860), una propuesta urbanística de reforma de la ciudad, basada fundamentalmente en su ampliación o ensanche (eixample en catalán). De ahí el nombre de Eixample, que acabaría convirtiéndose en uno de los diez distritos de la ciudad, caracterizado por su trazado de calles cuadriculado, con manzanas octogonales de una altura estandarizada y esquinas truncadas.
Entre finales del siglo XIX y principios del XX, el crecimiento de la ciudad se completa mediante la anexión de ocho municipios del llano de Barcelona: Santa Maria de Sants, Les Corts, Sant Gervasi de Cassoles, Gràcia, Sant Andreu de Palomar, Sant Martí de Provençals, Horta y Sarrià. Nace una nueva metrópolis, así como el germen de lo que acabaremos conociendo como la Barcelona metropolitana.
Fue un hecho primordial la celebración de la Exposición Universal de 1888.
En Barcelona, donde más destaca el Modernismo es en la arquitectura, que ofrece al mundo unas obras tan variadas como singulares, con iconos universales como Antoni Gaudí.
La emergencia de la Gran Barcelona como una nueva metrópolis contemporánea vino acompañada de un movimiento de innovación artística llamado modernismo. A pesar de ser una propuesta que penetrará en todos los campos artísticos, cabe destacar la arquitectura, con nombres propios entre los que destacan Josep Puig i Cadafalch, Lluís Domènech i Montaner, Antoni Gaudí y su colaborador Josep Maria Jujol.
La arquitectura modernista barcelonesa dialoga con el art nouveau europeo, aunque su voluntad de permanecer fiel a la tradición y proyectarse a la vez en términos cosmopolitas no permite establecer una continuidad lineal, lo que la dota de una gran singularidad.
Un hecho primordial de esa época fue la celebración de la Exposición Universal de 1888, con la que la nueva Barcelona se presentaba formalmente en el mundo. El lugar escogido sería el parque urbano de la Ciutadella, donde antes se encontraba la fortaleza borbónica, y donde se erigió el Arc de Triomf. Con esta misma voluntad de situarse internacionalmente a pesar de no ser capital de Estado, tras la Semana Trágica y la Mancomunidad de Cataluña, en 1929 se celebró la Exposición Internacional en Montjuïc, y se levantó el Pabellón Alemán de Mies van der Rohe y Lilly Reich, símbolo de la arquitectura moderna.
El Modelo Barcelona era elogiado y premiado internacionalmente.
Con los Juegos Olímpicos, nació la marca Barcelona’92, y el evento impulsó una renovación de la ciudad y marcó el camino hacia el Fòrum Universal de les Cultures.
Al salir de los años oscuros del franquismo, el urbanismo y la arquitectura barceloneses encararon una nueva etapa que, como ya había sucedido en el pasado con las Exposiciones de 1888 y 1929, se apoyó en grandes efemérides culturales y, en este caso, también deportivas.
En 1986, seis años después de conseguir la democratización municipal, Barcelona fue elegida para organizar los Juegos Olímpicos de 1992. La ciudad se preparaba para abrirse al mar mediante la rehabilitación del litoral industrial y la construcción en el Poblenou de la Vila Olímpica y del Port Olímpic. Se ponían en marcha ambiciosos proyectos, como el trazado de las rondas o la ampliación del metro; y la montaña de Montjuïc se convertía en un centro deportivo, con el Estadi Olímpic y el Palau Sant Jordi. El Modelo Barcelona era elogiado y premiado internacionalmente.
En un sentido similar, el Fòrum Universal de les Cultures de 2004 transformó el norte de la ciudad, dotándola de espacios públicos monumentales y de instalaciones como el Centro de Convenciones Internacional, la pérgola fotovoltaica, el Edificio Fòrum o la Torre Glòries, que se inauguró en 2005 como parte de un nuevo proyecto: el distrito 22@, donde emerge la Barcelona que sigue avanzando y se proyecta hacia el futuro, combinando innovación tecnológica y sostenibilidad.