Una tradición nunca debería entenderse como algo menor o superficial, sea más o menos compleja de practicar. Nace de generaciones y generaciones de costumbres, conocimientos y creencias que, con el tiempo, acaban moldeando a un comunidad. Siendo más o menos superficiales en origen, porque, al fin y al cabo, toda tradición es inventada y somos nosotros quienes le damos valor con el paso del tiempo y una clara voluntad de perdurar.
Llegados a este punto, la pregunta sería por qué las consideramos locas o extrañas. Y, en parte, de una historia tan singular y convulsa como la nuestra solo pueden surgir tradiciones que desafían la lógica, fuerzan los límites y contrastan con las de alrededor. La misma historia que nos ha llevado a tener un carácter algo inconformista y rebelde, que hace que las vivamos de una forma aún más intensa.
Por eso las vemos como las vemos y tenemos la aproximación que verás a continuación. Desde una Barcelona contemporánea que no ha dejado de transformarse y que, por tanto, necesita releer sus propias tradiciones. Las acercamos a la ciudad de hoy, resaltamos sus contrastes —tan nuestros— y las despojamos hasta lo esencial, casi con una mirada antropológica, para entender qué hay detrás del gesto, del ritual, de la forma. No para traicionarlas, sino para rendirles homenaje.