En Cataluña, los correfocs nacieron de manera casi improvisada, cuando la gente empezó a lanzarse y correr bajo el fuego de las representaciones infernales. Aquellos actos de temeridad y de respeto más bien relativo por el fuego fueron cuajando y extendiéndose por todo el territorio, creando una nueva tradición: el pueblo pasaba a ser el protagonista, desafiando al propio infierno.

Va a llover fuego

Ser meteorólogo aquí conlleva emociones fuertes: al menos una vez al año toca pronosticar lluvia de fuego y chispas, y avisar de que, por la noche, habrá tanta luz que parecerá de día. No te preocupes, estamos acostumbrados. Las raíces de los correfocs se remontan al siglo XII, y los barceloneses llevamos siglos —unos ochocientos años— conviviendo y jugando con el fuego.

De aquellas tradiciones primitivas de carácter religioso (que, a su vez, beben de raíces paganas ancestrales) fue evolucionando una relación festiva con el fuego que, con el tiempo y de forma casi espontánea, dio lugar a los correfocs actuales.

En los orígenes, fueron la forma más directa y visual que encontraron nuestros antepasados para hablar del mal y de lo que ocurría si lo abrazabas.

Una historia de amor

Los correfocs son tan impactantes como fáciles de entender: 'colles' de diablos ocupan un espacio —mayoritariamente calles estrechas y casi claustrofóbicas de los núcleos antiguos— y encienden pirotecnia que lanza chispas a toda velocidad mientras bailan. ¿El objetivo? No quemarte. O, al menos, no demasiado. Mientras saltas, bailas y cantas al ritmo de los tambores.

Pero esta apología del fuego no es ningún capricho de un pueblo alocado: nace de un imaginario antiguo, en el que los diablos representaban el mal, la tentación y el caos. Meterse en medio, jugar y bailar con ellos, asumiendo el riesgo, es, de algún modo, abrazarlo para domesticarlo, reírse de él y hacerlo propio, poniendo a prueba límites y capacidades. La lección, si fallabas y te quemabas, era —y sigue siendo— clara: quien juega con fuego y se pasa de listo, acaba mal.

Consejo local: puede parecer contradictorio, pero a menudo el lugar más seguro es justo al lado de los diablos.

Para ser diablo no basta con ser un ángel caído. Hay que ser un amante del fuego, tener mano con la pólvora y aguantar bien las altas temperaturas.

Diablos de procedencia terrenal

Los encargados de dar forma a este espectáculo dantesco —nunca mejor dicho— son las colles de diablos. Buena gente con una cierta inclinación —siempre controlada— por la pirotecnia y muchas ganas de llevar artefactos que escupen fuego donde haga falta. Todo ello, claro, vestidos de demonios.

Hay varios repartidos por el territorio: desde los que simplemente cuentan con un escuadrón de diablos dispuestos a bailar y saltar entre la gente, hasta los que incorporan bestias de madera —dragones y otras criaturas fantásticas— cargadas de fuego. Y algunos van aún más allá, con estructuras y mecanismos que convierten la escena en un auténtico espectáculo de precisión y caos controlado. Auténticos performers del fuego.